LA VUELTA DESEADA
ROMANCE SEGUNDO
Todo el mundo es mudable,
Ni el bien ni el mal son eternos:
La apacible primavera
Sigue al riguroso invierno.
A la obscura noche el día,
Y a la borrasca, que al cielo
Empañó con densas nubes
Y asustó con rudos truenos,
La calma serena y pura.
Así suelen a los tiempos
De desventuras y llantos,
Seguir de paz y consuelo.
Del Rhin en la orilla helada,
Abrumado de sí mesmo,
Vargas proscripto gemía,
Su fortuna maldiciendo,
Cuando noticias recibe
De que la patria le ha abierto
Lar, puertas... Júzgalo absorto
Ilusión de su deseo;
Mas Jacinta se lo escribe,
Y cuanto ella dice, es cierto.
Otra carta …de la madre
De Jacinta … que al momento,
Vuele a Sevilla, le ruega,
En donde dará Himeneo,
El día de su llegada,
A tan constante amor premio.
* * *
No la paloma, que presa
Llora en doloroso encierro,
Si acaso un resquicio mira,
Tiende apresurado el vuelo
Hacia el palomar y nido,
En donde vió el sol primero;
Ni el torrente, a quien contuvo
El malecón interpuesto,
En cuanto lo encuentra roto,
Se arroja a su antiguo lecho,
Y por él se precipita
Hacia la mar, que es su centro,
Tan veloces como Vargas;
Corre, sin tomar resuello,
A Sevilla: los instantes,
Son Para él siglos eternos.
Montes, llanuras, ciudades,
Ríos, Estados diversos
Atrás deja, y los caballos
De tardos acusa y lentos.
Ya salva las altas cumbres
Del nevado Pirineo,
Y entra en España; ya escucha
La lengua de sus abuelos
¿Qué importa? Ni un solo instante
Retarda su raudo vuelo.
Halla a cada paso amigos,
Halla intereses y deudos:
No se para, corre, corre,
Que tiene en Sevilla puesto
Su afán, y hasta que descubra
La Giralda no hay sosiego.
* * *
Apenas ha quince días,
Que en las márgenes del Reno
De su Jacinta la carta
Leyó, juzgándolo sueño;
Y los caños de Carmona
Ve a su siniestra creciendo,
Y a¡ frente la antigua puerta,
Para él la puerta del cielo.
Cualquiera mujer que mira
En mantilla y de paseo,
Que es Jacinta que le espera,
Juzga, y le palpita el pecho.
Al llegar se desengaña
Y en otra que ve más lejos
Jacinta fuera de casa
Está, sí, sale a su encuentro.
Era en punto mediodía:
Entra por fin, Y Molestos
Los guardas el carruaje
Detienen corto momento.
Los maldice y les da oro,
Por que le detengan menos:
"Corre", al potillón le grita,
Y torna a marchar de nuevo.
Por las retorcidas calles
Echa pestes y reniegos
A cada lenta carreta.
A cada corro interpuesto,
Que a templar el paso obliga
De los caballos ligeros,
Y anheloso a verse llega
De la ciudad en el centro.
Oye de fúnebres cantos
El triste son desde lejos,
Se aproxima, y por la calle
Que va a tomar, un entierro
Pasa. Con hachas de cera,
Pobres, vestidos de negro,
Van de dos en dos; los siguen
Las cofradías; a lento
Paso un féretro se acerca,
De un blanco paño cubierto,
Con una palma, y corona
De blancas flores... ¡Agüero
Terrible! que es de doncella
Principal y de respeto
El funeral le parece
Hierve taciturno el pueblo
En derredor. Manda Vargas,
Turbado con tal encuentro,
Que tome por otra calle,
Al postillón. Revolviendo
Este los caballos, torna
Por un callejón estrecho,
Y a la calle ansiada llega
Después de corto rodeo.
Mucha gente en los balcones
Está, mostrando en sus gestos
Sorpresa de que en tal día
Llegue a la casa un viajero.
Párase la carretela;
La puerta está abierta, yermos
El ancho portal y el patio;
Reina en la casa el silencio.
De un salto Vargas se apea,
Corre a la escalera presto,
De ella por un lado y otro
De cera advierte un reguero
Reciente. Veloz la sube,
Abre la mampara...¡Cielos!
Colgada está la antesala
Enreedor Con paños negros
Enlutada una gran mesa
Mira colocada en medio,
Y en sus cuatro ángulos arden,
Sobre cuatro candeleros
De plata, cándidas velas
Consumidas casi: el suelo
Cubren deshojadas flores,
Siemprevivas y romero.
¡Dios!... ¡Pobre Vargas! Absorto,
Sin voz, sin alma, y en hielo
Convertido, ni respira.
Ojos cual los de un espectro
Gira en derredor; se ahoga
Sin respiración su pecho.
Volviendo en sí un corto instante,
Oye llorar allá dentro;
Cuando se abre lentamente
Una puerta, que al momento
Se cierra, y un sacerdote
Que por ella sale, lleno
De lágrimas el semblante
(De dar en vano consuelo
Viene a una madre infelice),
Queda inmoble a Vargas viendo.
Vargas lo mira, y no alienta;
Mas tras de breve silencio
Rompe al cabo, y le pregunta
Con un angustiado esfuerzo,
«¿Dónde está?»... Quedóse helada
Su lengua. Fáltale aliento
Al turbado sacerdote,
Y con agitado aspecto
Alza el rostro, y levantando
La diestra, señala al cielo.
Vargas le comprende; arroja
Un alarido de infierno;
Huye veloz, la escalera
Baja delirante, ciego,
Nada ve, corre cual loco
Por las calles, y muy presto
Desaparece. En Sevilla
La noticia cunde luego
De su llegada: le buscan
Sus amigos y sus deudos.
Todo, todo en vano: algunos
Dan señas de que le vieron
Junto a la Torre del Oro,
Cuando el sol ya estaba puesto.
* * *
En un remanso, que forma
El Guadalquivir, no lejos
De Gelves, a las dos noches
Unos pescadores vieron,
A la luz de escasa luna,
De un joven ahogado el cuerpo,
Vestido aun. Procuraron,
Compasivos, recogerlo;
Pero al llegar con la barca,
Y al agitar con los remos
El agua, veloz corriente
Llevó el cadáver. Suspensos
Siguiéronlo un corto rato
Con los ojos, y muy presto
Fué leve punto en las aguas,
Y de vista lo perdieron.
Duque de Rivas |
ROMANCE
A Dafne, en sus días
A aquella airosa andaluza
que en las riberas de Cádiz
es, por lo negra y lo hermosa,
la esposa de los cantares;
a la que en el mar nacida
la embebió el mar de sus sales,
cada ademan una gracia,
cada palabra un donaire;
ve volando, pensamiento,
y al besar los pies de Dafne,
dila que vas en mi nombre
a tributarle homenajes.
Hoy son sus alegres días;
mira cuál todo la aplaude;
menos fuego el sol despide,
más fresco respira el aire.
Los jazmines en guirnaldas
sobre su frente se esparcen;
los claveles en su pecho
dan esencias más süaves.
Y ya que yo, sumergido
en el horror de esta cárcel,
ni aun en pensamiento puedo
alzar la vista a su imagen,
rompe tú aquestas prisiones
y vuela allá a recrearte
en el raudal halagüeño
de su sabroso lenguaje.
Verás andar los amores
como traviesos enjambres,
ya trepando por sus brazos,
ya escondiéndose en su talle,
ya subiendo a su garganta
para de allí despeñarse
a los orbes deliciosos
de su seno palpitante.
Mas cuando tanto atractivo
a tu placer contemplares,
guárdate bien, no te ciegues
y sin remedio te abrases.
Acuérdate que en el mundo
los bienes van con los males,
las rosas tienen espinas
y las auroras celajes.
Vistiola, al nacer, el cielo
de aquella gracia inefable
que embelesa los sentidos
y avasalla libertades.
Los ojos que destinados
al Dios de amor fueron antes,
para que en vez de saetas
los corazones flechase,
a esa homicida se dieron
negros, bellos, centellantes,
a convertir en cenizas
cuanto con ellos alcance.
Y cuentan que Amor entonces
dijo picado a su madre:
«pues esos ojos me ciegan,
yo quiero ciego quedarme.
»Venza ella al sol con sus rayos;
pero también se adelante
en su mudanza a los vientos,
en su inconstancia a los mares».
Y fue así. Las ondas leves
que van de margen en margen,
los céfiros que volando
de flor en flor se distraen,
no más inciertos se miran
en sus dulces juegos, Dafne,
que tú engañosa envenenas
con tus halagos fugaces.
Dime, ¿aún se pinta el agrado
en tu risueño semblante,
y respiran tus miradas
aquella piedad süave
para con ceño y capricho
desvanecerla al instante,
trocar la risa en desvío
y el agasajo en desaires?
Y dime, a los que asesinas
con tan alevosas artes,
¿los obligas aún, crüel,
a consumirse y que callen?
Mas no importa: que padezcan
los que en tu lumbre se abrasen;
que tú, con sólo mirarlos,
harto felices los haces.
Yo también, a no decirme
la razón que ya era tarde,
y a presumir en mis votos
el bello don de agradarte,
te idolatrara, tú fueras
la mayor de mis deidades.
¿Pero quién es el que amando
no anhela porque le amen?
De amigo, pues, con el nombre
fue forzoso contentarme;
pero de aquellos amigos
que en celo y fe son amantes...
Basta, pensamiento; vuelve,
vuelve ya de tu mensaje,
y una sonrisa a lo menos
para consolarme trae.
Manuel José Quintana, 16 de Julio de 1815
Oda sáfico-adónica a Cupido
Sobre los peligros de una nueva pasión
¡Niño temido por los dioses y hombres,
hijo de Venus, ciego Amor tirano,
con débil mano vencedor del mundo,
dulce Cupido!
Quita del arco la fatal saeta,
deja mi pecho, que con fuerza heriste
cuando la triste, la divina ninfa
me dominaba.
Desde que el hilo de su tierna vida
por dura Parca feneció cortado,
desde que el hado la llevo a la oculta
cumbre de Olimpo,
guardo constante la promesa justa
de que ella sola me sería cara,
aunque pasara las estigias olas
con Aqueronte.
De negros lutos me vestí llorando
y de cipreses coroné mi frente:
eco doliente me siguió con quejas
hasta su tumba.
Sobre la losa que regué con sangre
de una paloma negra y escogida,
fue repetida por mi voz la sacra,
justa promesa.
Nunca las voces que mi fe juraron
creo que puedan merecer olvido,
ni tú, Cupido, puedas olvidarlas
si las oíste.
«¡Sacra ceniza!», repetí mil veces,
«¡sombra de Filis!, si mi pecho adora
otra pastora, desde tan horrenda,
lóbrega noche,
haz que a mi falso corazón asuste
cuanto las cuevas del Averno ofrecen,
cuanto padecen los malvados, cuanto
Sísifo sufre.
Júrolo, Filis, por tu amor y el mío,
por Venus misma, por el sol y luna,
por la laguna que venera el Padre
Omnipotente».
Las losas duras a mi acento triste
mil veces dieron ecos horrorosos
y de dudosos ayes resonaron
túmulo y ara.
Dentro del mármol una voz confusa
dijo: «¡Dalmiro, cumple lo jurado!».
Quedé asombrado, sin mover los ojos,
pálido, yerto.
Temo, si rompo tan solemnes votos,
que Jove apure su rigor conmigo,
y otro castigo, que es el ser llamado
pérfido aleve.
Entre los brazos de mi Musa amante
temo la imagen de mi antiguo dueño:
ni alegre sueño ni tranquilo día
ha de dejarme.
En vano Clori, cuyo amor me ofreces,
y a cuyo pecho mi pasión inclinas,
pones divinas perfecciones juntas
ante mis ojos.
Ante mi vista se aparece Filis,
en mis oídos su lamento suena;
todo me llena de terror, y al suelo,
tímido caigo.
Lástima causen a tu pecho, ¡oh niño!,
las voces mías, mis dolientes voces.
Y si conoces el dolor que causas,
lástima tenme.
La nueva antorcha que encendiste, apaga,
y mi constante corazón respire.
Haz que no tire tu invencible mano
otra saeta.
¡Ay!, que te alejas y me siento herido.
Ardo de amores, y con presto vuelo
llegas al cielo, y a tu madre cuentas
tu alevosía.
José Cadalso
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